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Trevelin en Patagonia: el pueblo que revivió con las flores de la primavera

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Dos mil kilómetros de la Capital, un campo de tulipanes enclavado entre montañas nevadas y aguas cristalinas de arroyo de montaña dibuja un arco iris de 27 colores imposible de olvidar.

Los campos de los tulipanes atraen visitantes desde Tierra del Fuego hasta Chaco, desde Holanda hasta el Reino Unido, amantes de las flores que aquí encuentran un encanto único, dado que las plantas están rodeadas de un cordón de la cordillera de los Andes, conocido como Trono de Nubes.

Un descendiente de inmigrantes galeses -Juan Carlos Ledesma- inició el emprendimiento veinticuatro años atrás, en tierras que heredó de sus bisabuelos.

Los tulipanes fueron una apuesta grande en tierras que hasta entonces solo habían cultivado trigo. Pero a Juan Carlos y a su mujer, Silvia, los atrajo la aventura. “Era difícil, y eso nos atrajo más”, dice este hombre pelirrojo y testarudo, descendiente de galeses, que lidera la empresa familiar. Desde entonces un bulbo late en su corazón. Los tulipanes son su vida. Los cuida noche y día, sin descanso.

Los primeros bulbos llegaron desde Holanda. No todo funcionó bien. Hubo que esperar tres y hasta cuatro años para ver las primeras flores. “Cada caja de semillas era una inversión que nos privaba de tener otras comodidades en la casa”, recuerda Juan Carlos.

En los campos de flores aprendieron a caminar sus hijos, Matías y María. Los dos crecieron en la plantación hasta que se fueron a estudiar lejos de casa, a Córdoba. Pero siempre vuelven para ayudar en la cosecha, que se hace en enero y que aún es manual.

Los bulbos se plantan en mayo y las flores se cortan la primera semana de noviembre, con muchísimo cuidado de separar sólo la copa. El tallo es necesario para que siga creciendo el bulbo, que dos meses más tarde se cosecha y se limpia de forma manual.

Los más pequeños se guardan en frío para volver a sembrar en mayo. Los más grandes se venden, a todo el país. “Lo mío es hacer crecer el bulbo, que es un órgano de reserva”, dice Juan Carlos a los turistas que llegan a visitar sus campos.

El turismo llegó en los últimos cuatro años atraído por los múltiples colores de esos arcos iris de flores sobre la tierra.

Hay colores que son más difíciles que otros. El negro, por ejemplo. Ledesma compró cuarenta cajas de bulbos en Holanda y sólo logró ver crecer una. Los demás se malograron en el camino.

En los campos también hay rojos, amarillos, blancos, fucsias, violetas, rosas entre otra veintena de colores de la plantación de Tulipanes Patagonia.

Son más de dos millones de semillas plantadas en tres hectáreas donde el frío es la constante de todo el invierno y la primavera es apenas más templada.

Juan Carlos no vende las flores. Vende los bulbos a viveristas, floristas o floricultores. Para este negocio hace falta “dar vuelta la cabeza y pensar antes en la raíz que en la flor”.

Pero los campos en flor atraen a los turistas, que recorren el lugar como picaflores con máquinas fotográficas. “Vale la pena venir hasta acá para verlos”, sostiene Sara Satre, que llegó con su marido desde Río Gallegos.

“Vinimos a Trevelin especialmente para conocer tulipanes. Y tuvo sentido el viaje”, afirman Roque Bourdieu y María Hearne, que llegaron desde Capital Federal. “Increíble. Fantástico”, dijeron Robert y Tomas Owen, que llegaron desde Gales.

Los campos de flores dieron fuerte impulso a este pueblo de descendientes de gales.

“Gracias a los tulipanes, octubre y noviembre se trabaja como en temporada alta”, sostiene Luis Breda, de la Hostería Casa de Piedra. “Antes los visitantes sólo llegaban en enero y febrero”, afirma.

“Fue un boom para Trevelin, que logró sumar otro mes de temporada alta”, afirma Victor Yañez, secretario de Turismo local del lugar, que en galés significa Pueblo del Molino. “Y hay emprendimientos de otras flores”, afirma.

El camino para llegar a Trevelin desde Esquel es sencillo: apenas 23 kilómetros por la ruta 259. Para ir a los campos de Tulipanes Patagonia hay que cruzar el río Corinto y el arroyo Miguens, en dirección al paso con Chile Futaleufú. Un valle donde pastorean cabras y se siembra alfalfa, regado por aguas limpias de montañas alimentadas por la cascada de Nant y Fall.

“Esto no se ve en Holanda. Acá tenemos las montañas nevadas al lado de los tulipanes. Una postal única”, dice Matías Ledesma. “Ver el amanecer en estas plantaciones es una experiencia que realmente tiene mucha magia”, afirma.

El pueblo no sólo vive de los tulipanes: muy cerca está el parque nacional Los Alerces, con su alerzal milenario que es patrimonio de la Humanidad. Al caer la tarde, tras recorrer lagos límpidos y transparentes, se puede degustar en el pueblo un fabuloso té gales.

En Naim Maggie se sirve el té como lo hacían los primeros colonos que llegaron a partir de 1891 a Chubut. El 40% de la población, de 11 mil habitantes, lleva a Gales en la sangre. Incluido Javier de la Fuente, bisnieto de Magui Fridman Jones, que trajo las recetas desde ese principado.

“En Gales tenemos ríos, lagos y montañas, pero todo es más pequeño que aquí”, sostiene Claire Vaughan, que enseña el idioma a los maestros de la escuela local.

“Es interesante visitar Trevelin”, coinciden Richard y Felicity Jones, que llegaron a este pueblo en el sur del país en busca de los rastros de su familia, que cruzó el océano hace más de un siglo.

El pueblo no sólo ofrece campos de tulipanes. Es, como se dijo, la entrada de un parque nacional que es patrimonio de la Humanidad. Y está pegado al parque provincial Nan y Fall, que ofrece una cascada de 64 metros de altura y vistas “al encantador valle”, según dijeron los Jones.

Los visitantes que llegan hasta aquí no tienen esperar hasta octubre próximo para ver los campos de flores. La primera semana de diciembre florecen las Peonías: hay ocho variedades, muchas de ellas de exportación.

Entonces el pueblo se reúne en el festival de las peonías que produce Martín Sasaki -con su familia, en el emprendimiento Patagonia Flower Grup-. Todo el pueblo arma esculturas y adornos callejeros con los petálos de algunas de las 600 mil varas de flores que visten de colores a Trevelin en diciembre.

Fuente: La Nacion

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