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Quién es la millonaria que más tierras donó a parques nacionales en Argentina

Kristine McDivitt Tompkins invirtió u$s 345 millones de su fortuna personal en la compra de hectáreas en la Patagonia y Corrientes. Fue una de las primeras CEO de los Estados Unidos. Su campaña para que más empresarios apuesten por la causa ambientalista

Es la filántropa y activista ambiental más importante de América latina. Fue una de las primeras CEO de los Estados Unidos, donde en la década del ‘70 lideró el posicionamiento de Patagonia como una de las compañías pioneras en incorporar al ecologismo militante en su estrategia de negocios.

Hace 25 años, junto a su marido Douglas Tompkins -el empresario que fundó la marca de mountain wear & lifestyle The North Face-, Kristine McDivitt creó The Conservation Land Trust (CLT), una fundación cuya estrategia de compra a gran escala de tierras en la Patagonia argentina y chilena fue objeto de críticas, sospechas y denuncias. Muchos hicieron -acaso intencionadamente- oídos sordos al énfasis con que los Tompkins aseguraban que el objetivo era adquirirlas para garantizar su preservación a largo plazo. A principios de los ‘90, resultaba provocador para el status quo que dos millonarios estadounidenses asumieran, con fondos privados, la responsabilidad que, por distintas razones -políticas, económicas, culturales-, ninguno de esos países latinoamericanos -ni sus gobiernos ni sus sociedades- advertían como estratégica para sus intereses en el futuro inmediato.

Este año, con más de 5 millones de hectáreas donadas a ambos gobiernos -que se tradujo en la creación de parques, reservas y áreas protegidas a ambos lados de la cordillera de los Andes-, Kristine McDivitt Tompkins acaba de ser designada Embajadora de Áreas Protegidas de ONU Medio Ambiente. Ese reconocimiento abreva en una decisión determinante que la presidenta de CLT ejecutó tras el accidente de kayak en el que Douglas falleció a fines de 2015 en un lago chileno: no sólo seguir adelante sino profundizar el Proyecto Iberá, una de las iniciativas más ambiciosas -y exitosas- del mundo en materia de rewilding. Y, sin dudas, el mayor legado de sus vidas.

Iberá: un caso de rewilding que se estudia en las escuelas de negocios

En el corazón de los Esteros del Iberá, un entramado de 13 mil kilómetros de bañados, lagunas, embalsados e islotes que avanzan sobre el 14 por ciento del territorio correntino y es considerado el segundo mayor humedal de Sudamérica(sólo superado por el pantanal brasileño), los Tompkins adquirieron -a partir de 1997- un total de 157 mil hectáreas de estancias ganaderas que en 2016 fueron donadas al Estado argentino (bajo un esquema de traspaso escalonado por el cual 60 mil ya fueron transferidas, proceso que culminará en 2019) para conformar el Parque Nacional Iberá, que obtendría su proclamación legislativa formal antes de fin de año.

En ese santuario natural que los especialistas en vida silvestre consideran una de las mayores reservas de biodiversidad del América latina, CLT implementó el paradigma más innovador del ambientalismo del siglo XXI: la producción de naturaleza. El eje fue la reintroducción de 6 especies clave que desaparecieron hace más de 7 décadas debido a prácticas como la ganadería intensiva y la consecuente deforestación; la caza furtiva, tanto deportiva como para subsistencia; y el desarraigo poblacional, con la inevitable pérdida del patrimonio cultural ancestral de las comunidades rurales del área.

La progresiva reintroducción del oso hormiguero gigante, el venado de las pampas, el tapir, el pecarí de collar y el guacamayo rojo en el corazón de agua dulce y camalotales correntino se vio coronada, a principios de junio pasado, por el tan esperado como histórico nacimiento de los primeros dos cachorros de yaguareté asilvestrados. Considerado el mayor felino del continente, el emblema mamífero de la Argentina encabeza el ranking de alerta roja de extinción: con una estimación de apenas 200 individuos en la selva misionera y las yungas del norte, perdió el 95 % de su distribución original y lleva décadas de ausencia en el Iberá.

El alumbramiento se produjo en el Centro de Reintroducción de Yaguaretés, un establecimiento pionero y modelo ubicado en la remota estancia San Alonso -a la que sólo se accede en bote o avioneta- donde se instrumentaron las condiciones necesarias para la reproducción de ejemplares en condiciones seminaturales, esto es, sin contacto con humanos, con el objetivo final de ser liberados en su hábitat de pertenencia una vez que desarrollen las habilidades de supervivencia necesarias.

Bautizados Arami y Mbareté (Cielito y Fuerte, en guaraní) en una votación online de la que participaron especialmente escolares correntinos, a los pequeños tigres criollos les esperan dos años en un corral de presuelta de 30 hectáreas, monitoreado por videocámaras, donde convivirán con otros nuevos ejemplares de las demás especies que protagonizan ese renacer de los Esteros del Iberá con el que soñaron los Tompkins hace 21 años. Y que hoy es una realidad no sólo gracias a la labor de un dream team de científicos argentinos sino, también, merced al apoyo activo del gobierno provincial, instituciones, empresas e individuos que asumieron como propio el compromiso de lograr que Corrientes vuelva a ser Corrientes.

Otro hito demuestra el impacto global de Proyecto Iberá: en julio, Kristine McDivitt Tompkins fue invitada, junto a Sofía Heinonen, directora de CLT, a una audiencia privada con el papa Francisco. En ese encuentro, la filántropa compartió su visión sobre “la importancia de expandir el concepto de paz, expresado en la encíclica Laudato si’, de 2015, para que no sólo se refiera a las interacciones humanas sino que también incluya la relación entre humanos y no humanos, partiendo de la premisa de que sin armonía entre las especies y equilibrio en el ecosistema las comunidades no alcanzarán una existencia pacífica y saludable”.

Ahora bien, ¿qué implica el innovador concepto de producción de naturaleza cuya exitosa implementación en Corrientes le valió a Proyecto Iberá ser caso de estudio no sólo en el ambiente conservacionista sino incluso en escuelas de negocios como Harvard y Stanford, donde Kristine Tompkins es oradora frecuente? Así lo describe ella misma en el prólogo de Producción de naturaleza: parques, rewilding y de-sarrollo local, escrito por el biólogo Ignacio Jiménez Pérez, con más de 20 años de trayectoria coordinando programas similares en África, Europa y América. “Nuestro enfoque combina el bienestar de los ecosistemas con el de las comunidades humanas.

Apoyar que los habitantes de áreas rurales vean que su prosperidad económica puede mejorar gracias a una conservación que produce abundante fauna silvestre en grandes parques naturales es esencial para lograr el necesario apoyo político. La visión de producción de naturaleza creada por CLT para la región de los Esteros de Iberá es un excelente ejemplo de la implementación exitosa de una agenda de conservación audaz dentro de un contexto latinoamericano. Este éxito es el resultado de la persistencia y el compromiso con la acción. Y muestra que los principios teóricos de disciplinas tan diversas como la biología de la conservación, las ciencias de la política pública, la psicología cognitiva, la resolución de conflictos y la gestión organizacional pueden incorporarse en proyectos centrados en el rewilding y la gestión de áreas protegidas”.

Los Tompkins, el legado de una historia de amor

Junio de 2007. Edición 32 de Clase Ejecutiva. La entrevista de portada: un mano a mano exclusivo con Mr. Iberá, el apodo pleno de suspicacias veladas y chicanas explícitas con que se aludía a Douglas Tompkins en los poblados próximos a los esteros correntinos, en los pasillos del poder político provincial, en los mitines de los movimientos ambientalistas más radicalizados, en los cónclaves empresarios más conservadores.

Todos sospechaban de “ese gringo” que, en 10 años, había comprado una porción significativa de una de las mayores reservas de agua dulce del planeta: pronto se instaló el rumor de que su intención final era negociar su venta a alguna potencia mundial -China lideraba el ranking en esa teoría conspirativa- ante la eventualidad de un conflicto nuclear. En un encuentro ameno, compartido en las oficinas porteñas de CLT, y mate mediante, fue de rigor preguntarle qué sentía ante tanta sospecha de segundas intenciones en su accionar. “Es agotador. Siempre van a desconfiar.

Pero si estás involucrado en serio en el conservacionismo sabés que eso no es tan importante como el hecho de que el 70 por ciento de la gente no está enterada de la magnitud de la crisis ecológica que enfrentamos. Con la experiencia que me dan los años, estoy convencido de que, poco a poco, van a llegar al mismo entendimiento. Lo insólito es que no se dan cuenta de que no estoy extranjerizando sino nacionalizando los Esteros del Iberá, porque el final de este proceso es la donación de todas esas hectáreas al Estado argentino”, se sinceró.

Millonario precoz -llegó a facturar u$s 800 millones anuales con The North Face y Esprit, sus compañías de equipamiento para alta montaña-, fue un empresario hijo de su tiempo: nacido en 1943 en Ohio, se crió en los ideales del hippismo de los ‘60 y, con una carrera deportiva como escalador y esquiador de élite, fue uno de los pioneros en la implementación de las políticas de responsabilidad social corporativa en California, con fuerte acento en los postulados de la corriente de la ecología profunda.

Cuando lo conocí, llevaba casi dos décadas alejado de sus empresas y dedicado al conservacionismo en Chile y la Argentina, cuyo patrimonio natural en peligro de extinción lo cautivó para siempre en 1968, tras realizar una mítica expedición de 6 meses, viajando en van desde California, y que culminó con la escalada del monte Fitz Roy junto a su amigoYvon Chouinard, otra leyenda estadounidense de los deportes de montaña y el emprendedurismo en su condición de creador de Patagonia, que se convirtió en la marca líder de indumentaria y equipamiento outdoor con el ambientalismo como core de su estrategia de negocios. Fue a través de Chouinard que Tompkins conoció a Kristine McDivitt, otro free spirit de la época que, con apenas 22 años, había sido designada CEO de Patagonia, cargo que ejerció con extraordinarios resultados financieros para la compañía hasta que, en 1994, se casó con Tompkins y se dedicó full life a CLT.

El 8 de diciembre de 2015, durante una salida en kayak por un lago de la Patagonia chilena, una infortunada combinación de circunstancias climáticas le puso fin a la vida de Tompkins. Se dijo que partió en su ley, como el héroe aventurero que había sido. Se aseguró que el planeta había perdido un modelo de filántropo ambientalista tan necesario como escaso.

En agosto pasado, a 11 años de haber viajado por primera vez a Rincón del Socorro, la estancia-base del Proyecto Iberá, volví a visitar los esteros. Conversé con la nueva generación de científicos, guías y voluntarios, llegados de todas partes del país (y del mundo), cuyo compromiso con la causa los mantiene alejados de sus familias durante semanas, acaso meses. Comprobé cómo aquel desierto verde correntino recuperó su condición de paraíso de biodiversidad porque pude observar, en excursiones diurnas y safaris nocturnos, a todas las especies reintroducidas hasta el momento.

Incluso tuve la fortuna de divisar, por el rabillo del ojo, la huida de un oso hormiguero y escudriñar su rastro reciente, todo un acontecimiento también para la comunidad de CLT porque hacía tiempo que sólo las cámaras-trampa mostraban su actividad. Descubrí el renacer de pequeñas comunidades, como Paraje Ubuay, en la reserva natural, donde la filosofía práctica del rewilding tuvo un impacto concreto en la economía de las 20 familias que llevan adelante microemprendimientos con eje en el ecoturismo desde la apertura de Posada Uguay, recientemente incorporada a la propuesta de CLT, que brinda la exclusiva oportunidad de navegar por la laguna Fernández, un espejo de agua de 35 kilómetros cuadrados, sin conexión con el Paraná, y alimentado únicamente por las lluvias.

Unas semanas después, en Buenos Aires, compartí una charla entrañable con Kristine, donde el recuerdo de su alma gemela estuvo presente en cada respuesta. Al volver a la Redacción de El Cronista, hojeando el magnífico libro que recopila los 25 años de sueños cumplidos de CLT, leí su prólogo: “Para mí, la tristeza de perder de modo inesperado a Doug está más allá de las palabras. Nuestro matrimonio y sociedad profesional fue la fuente de nuestra mayor alegría en nuestras vidas. Mientras que el futuro ante mí ahora no es el que deseaba y anticipaba, nuestro trabajo conjunto de conservación continuará tal como ambos siempre lo visualizamos”.

Inevitablemente, para escribir esta entrevista con la gran dama del Iberá’, rastreé en mi archivo el ejemplar de la edición papel, ya que por entonces Clase Ejecutiva no tenía versión digital. Y me asombró descubrir, junto a esos garabatos que los editores obsesivos trazamos para señalar lo que deberá mejorarse en el número siguiente, un párrafo resaltado con marcador verde, más un post-it donde me autoconsejaba: “Fotocopiar y enmarcar”. ¿Qué reflexión de Douglas me había impactado tanto? “Hice una elección y la llevé hasta el final para dedicarme a lo que realmente me gustaba. Experimenté un cambio de perspectiva y prioridades bidos a los cambios de conocimiento y entendimiento que forman parte del proceso de crecimiento personal. Cada uno tiene su propia trayectoria, que determina cuándo le llega el despertar”. Ahora sí, esas palabras me dan la bienvenida, desde un marco rústico de maderas recicladas, cada vez que llego a casa

Kristine: de beach girl a la gran dama del conservacionismo

“Ya desde sus tiempos de instituto, Kris mostraba una veta rebelde que exasperaba a sus profesores. Como era una chica de la playa, muchas vecesiba al colegio descalza, para inmediatamente ser expulsada con la orden de no volver hasta que se pusiera zapatos. En sus constantes intentos de eludir las normas, un día llegó a atarse en los pies unos cordones y a llamar a aquello unas sandalias. Cuando se graduó, el tutor les dijo a sus padres que no se molestaran en enviarla a la universidad”, evoca Yvon Chouinard en Que mi gente vaya a hacer surf, la extraordinaria biografía y manual de negocios que recopila su journey como creador de Patagonia.

También recuerda que, como Kristine McDivitt era una gran esquiadora, la casa de altos estudios de Idaho le otorgó una beca deportiva y así, finalmente, la chica nacida en un rancho y criada en Venezuela -su padre trabajaba para una petrolera- se graduó en Historia. A los 22 años, y pese a que no tenía experiencia laboral, Chouinard la designó gerente general y directora ejecutiva de Patagonia, básicamente porque sabía que su joven vecina de playa en California tenía lo que hacía falta para lograr que propios y ajenos tomaran en serio sus radicales, además de innovadoras, ideas de negocios.

A sus 68, Kris luce la belleza de quien ha transcurrido toda su vida al aire libre y la serenidad de quien se animó a descubrir y honrar su propósito en la vida.

Tenían cerca de 40 años, eran millonarios y famosos. ¿Qué los llevó a dejar de lado el american dream para dedicarse al conservacionismo en Chile y la Argentina?

Siempre nos gustó la vida al aire libre y practicar deportes como esquí y alpinismo. Después de tantos años recorriendo bellísimos lugares, nos dimos cuenta de que algo estaba pasando con los ecosistemas. El proyecto humano estaba destruyendo la naturaleza sin recordar que nuestra supervivencia depende de tener un ecosistema equilibrado. Así es que, después de tres décadas de vida empresaria, nos replanteamos cuál era nuestro propósito. Y decidimos comenzar a actuar, a involucrarnos.

¿Por qué decidieron crear parques nacionales y no reservas privadas?

Crecimos visitando parques nacionales en nuestro país (NdE: El primero del mundo es Yellowstone, creado en 1872, en los Estados Unidos) y Doug era un convencido de que generan un sentido de pertenencia y de identidad que ayuda a conservarlos, porque nadie cuida lo que no siente como propio. Los parques nacionales generan beneficios adicionales, porque atraen al turismo y generan desarrollo directo. Si vas a Concepción o San Miguel, los pueblos que rodean a los Esteros del Iberá, vas a ver una economía que ha mejorado como consecuencia de la conservación. No es algo antagónico: se puede desarrollar una región cuidando la naturaleza. Hoy, los pobladores sienten orgullo de mostrar el patrimonio natural que los rodea. La naturaleza es como una obra de arte: si comprara un Picasso y lo colgara en mi casa, sólo podrían verlo mi familia y amigos; en cambio, si lo donara al MoMA de Nueva York o al Malba de Buenos Aires, miles de personas podrían apreciarlo y sentirlo suyo.

¿Qué obstáculos superaron en estos años?

Al comienzo fue duro. Hubo prejuicios. Cuando empezamos en Chile, en 1992, comprando 200 mil hectáreas, muchos nos presentaban como “la pareja de millonarios que va a cortar Chile en dos”, “van a crear un Estado paralelo”, “van a hacer un basurero nuclear”. Y así fue en cada lugar al que arribamos. Pero seguimos adelante, poco a poco llegaron los hechos y fueron desapareciendo los mitos.

¿Cómo lograron que la compra de hectáreas a gran escala no fuera objetada como una extranjerización del territorio y se comprendiera que el objetivo final era donarlas, en el mediano plazo, al Estado?

En 25 años, entre Chile y la Argentina, trabajamos con 10 gobiernos distintos. Y aunque cambiaron las personas y los partidos políticos, ninguno rechazó la donación. La única ‘condición’ siempre fue que, una vez que la aceptan, los Estados deben ocuparse de administrar el territorio con fondos de su presupuesto nacional. Finalmente es algo que se está haciendo. Y beneficia a todos porque los parques nacionales son parte de la imagen y la identidad de un país. Es raro, pero a veces tiene que venir alguien de afuera, unos gringos como nosotros, para mostrarles la riqueza y la maravilla que tienen delante de sus ojos y así empiecen a apreciarla y cuidarla.

¿Por qué el futuro Parque Nacional Iberá, que ya cuenta con media sanción del Senado, es el proyecto insignia de la fundación?

Es un sueño que tuvo Doug, pero no llegó a verlo concretado… Es su legado. Y continuarlo fue lo que me salvó en momentos muy difíciles. Este proyecto es, probablemente, el más complejo y concreto: es el resultado de trabajar junto a la comunidad, durante muchos años, cambiando su percepción y logrando que se involucre para salvar un patrimonio natural que le pertenece.

Es cierto que la primera vez que visitó los Esteros se prometió no volver, y hoy es uno de sus lugares preferidos en el mundo?

Es cierto. Cuando vinimos por primera vez a la estancia San Alonso, en 1997, invitados por unos amigos de Doug, odié el lugar. Nunca antes había estado en un humedal. Cuando bajamos de la avioneta, sólo sentí el calor, los mosquitos y la humedad. “¡Vámonos de aquí cuanto antes!”, dije. Pero Doug enseguida vio el potencial de ese territorio como hábitat para la vida silvestre. Grande fue mi sorpresa cuando, al poco tiempo, me dijo que había comprado la estancia. Era raro en él, porque siempre me comentaba sus ideas. ¡Gracias a Dios, esa vez no me prestó atención! Empezamos a venir más seguido y lo primero que tuvimos que hacer fue recorrer el área para hacer un mapa, porque no sabíamos bien dónde habíamos comprado esa propiedad. Empecé a moverme con Doug en avioneta y camioneta: fue decisivo para que me enamorara del lugar y se convirtiera en nuestro hogar en la Argentina (NdE: Su residencia chilena está en el actual Parque Nacional Pumalín).

¿Cómo financian el desarrollo de sus múltiples iniciativas conservacionistas?

Hemos invertido u$s 345 millones. La mayoría son fondos propios, pero también tenemos donaciones de socios, inversores e individuos que nos ayudan con dinero y difundiendo nuestros proyectos, como National Geographic y Leo Di Caprio. Gracias a ellos, más gente habla de rewilding, que es la próxima frontera de la conservación. Sin dudas, queremos que este modelo se replique en otras regiones. Pero CLT se va a quedar en Chile y la Argentina. No creo en la estrategia de dispersarse mucho, porque se pierde foco. Y este tipo de trabajo requiere que, para cumplir y mantener los objetivos que nos propusimos hace 25 años, estemos concentrados.

Ahora que los nuevos parques nacionales  creados a partir de sus donaciones son una  realidad, ¿prescribieron aquellos prejuicios?

No del todo. Probablemente algunos sigan pensando que “los Tompkins quisieron robarse el agua pero no los dejamos”. Sin embargo, más allá de lo que se diga, lo que quedan son los parques nacionales: cuantas más personas accedan, acampen y disfruten de esos tesoros naturales, tendrán más sentido de pertenencia y se comprometerán más con su conservación porque esos son los momentos que van a recordar toda su vida.

¿Cuál es el balance personal de estos 25 años dedicados al conservacionismo?

En cierta manera, estos 25 años han sido una extensión de nuestras vidas previas como montañistas, esquiadores y kayakistas. Habiendo sido criada en un rancho, desde muy pequeña tuve la suerte de estar en estrecho contacto con la naturaleza. Celebro que hayamos tomado la afortunada decisión de dejar nuestras vidas como empresarios para hacer algo completamente diferente vinculado con lo que amamos profundamente, que es la vida salvaje.

Por eso, ver el impacto efectivo que el conservacionismo genera en el medio ambiente y en las comunidades locales es una de las mayores emociones que he tenido durante el último cuarto de siglo. Establecer un lazo permanente con Chile y la Argentina a través de la creación de parques nacionales que, además, inspiraron a crear emprendimientos económicos en poblaciones rurales que podrían haber continuado en el letargo, el olvido o el peligro de extinción por la falta de empleo y oportunidades, como en el caso de Iberá… Esa es, probablemente, la consecuencia más extraordinaria de esta experiencia de vida.

Al principio, tomaron una decisión que muchos cuestionaron, al enfocarse en el rewilding, un paso evolutivo con relación al mero proteccionismo. Ahora, con 25 años de resultados exitosos, proponen otro cambio de paradigma vía el concepto de producción de naturaleza, que también ha despertado cierta polémica en el ambientalismo tradicional.

Es la versión mejorada de todas las demás aproximaciones a esta problemática. Si se ve el Proyecto Iberá, desde su inicio en 1997, se advierte que avanzamos por etapas: adquirir terrenos, crear equipos, trabajar con los gobiernos provinciales y nacionales para acordar la donación una vez que se comprometieron a conservar esas áreas protegidas, reintroducir especies desaparecidas y promover la economía de las comunidades cercanas. Hace 20 años, este presente era inimaginable. Hoy, localidades como Concepción, San Miguel o Carlos Pellegrini ya forman parte de esta historia que no tiene vuelta atrás. Siempre entendimos que un proyecto conservacionista es imposible de sostener en manos privadas en el largo plazo. En 100 años, quizá antes, el nombre de Tompkins va a desaparecer. Por eso es fundamental involucrar a los gobiernos y a los pobladores a través del concepto de producción de naturaleza. La defensa de los sitios naturales se hace por cariño hacia ellos pero también porque brinden beneficios económicos a las comunidades rurales colindantes en contrapartida. Iberá es un caso modelo a nivel mundial por cómo cambió un área que estaba totalmente olvidada.

Tras la muerte de Douglas, asumiste gran parte de sus roles en la ONG. ¿Cómo han sido estos años de liderar sola ese sueño de ambos?

Doug fue, más que un emprendedor, un gran visionario. Tenía una mente súper súper súper estratégica. No reconocía límites en términos de qué era posible. El conservacionismo es un trabajo a largo plazo, con muchas dificultades que desalientan a cualquiera, pero a Doug no le importaba si algo era difícil o complejo: cuando decidía que era posible, hallaba la manera. Yo, en cambio, soy más estructurada, por eso siempre me hice cargo de las finanzas y de coordinar que todo avanzara eficientemente en la dirección que él fijaba como objetivo. En Patagonia me habían apodado lovable dictator: siempre fui dura y orientada a resultados. Sea en una empresa o en una fundación, es necesario que haya líderes de personalidades diferentes y complementarias. Doug por sí solo no habría podido, yo tampoco. ¡Ni siquiera los dos solos! Siempre se habla de los logros de la fundación como “el show de Doug y Kris”, pero nada que ver. Claro que no podrían haberlo hecho sin nosotros. Pero nosotros tampoco podríamos haber logrado nada sin nuestros equipos, las comunidades y los gobiernos como aliados.

¿Qué les decís a quienes sostienen que el cambio climático no existe o, en todo caso, no es tan grave ni urgente?

Que algunos no crean en el cambio climático no modifica el hecho de que está sucediendo. Si sos rico, tenés los recursos para ganar tiempo y ser uno de los últimos en sentir el impacto del no cuidado de la naturaleza, peropor más rico que seas nunca vas a tener dónde esconderte de las consecuencias de la gran extinción de especies y del cambio climático. Hay individuos, familias y entidades que ya entendieron que deben involucrarse en proteger la naturaleza y las comunidades cercanas. ¡Pero no son suficientes!

¿El siguiente desafío es lograr que cada vez más empresas se comprometan con el ambientalismo?

Cada vez que hablo en una escuela de negocios o un foro de empresarios, lo digo abiertamente: es imposible que se sigan manteniendo fuera de esta realidad porque, si no se involucran activamente, el sistema va a fallar. Estamos en el mismo barco: si no actuamos ahora, nos vamos a ir a pique todos juntos. El concepto de crecimiento económico sin fin, sin regulación y sin responsabilidad ambiental es muy peligroso. Hay muchas más B-corps hoy que cuando creamos Patagonia, o incluso hace 10 años, pero esto es una carrera contra el tiempo y tenemos que reaccionar mucho más rápido si queremos sobrevivir. Las nuevas generaciones son importantes para la toma de conciencia, pero no alcanza con que sólo los jóvenes se involucren porque los cambios que ellos puedan realizar no llegarán lo suficientemente rápido como para corregir el rumbo. Hay filántropos extraordinarios en educación, salud y arte: ¡necesitamos la misma cantidad de filántropos corporativos enfocados en ambientalismo! En lugar de ser una amenaza, el conservacionismo es una oportunidad de generar ingresos para las comunidades a través de la producción de naturaleza.

Fuiste una de las primeras mujeres CEO en los Estados Unidos. Y renunciaste a tu carrera corporativa por amor. ¿Cuál es tu consejo para animarse a patear el tablero?

No es algo sobre lo que hable mucho… Es cierto: me jubilé de la vida corporativa a los 43 años. Había empezado en Patagonia, como CEO, a los 22. Cuando llegué a los 40 me di cuenta de que, si bien tenía mucha reputación, fama y más dinero del que había soñado, no podía seguir haciendo lo mismo infinitamente. ¡Y me dio pánico! Me desesperé por encontrar un propósito para el resto del tiempo que me quedara. En esa etapa me reencontré con Doug y me invitó a realizar una expedición en kayak de 10 días en Chile. Me terminé quedando 5 semanas. Cuando volví a los Estados Unidos, le avisé a mis socios que renunciaba. Fue un salto de fe, de aventura y de amor. Cuando haces un cambio en tu vida súper fuerte, no es que renuncias a algo por otra cosa: sinceramente creo que mi vida actual me estaba empujando a vivirla, porque ya estaba en mí. El cambio hay que quererlo, necesitarlo profundamente, para hacerlo.

Se dice que el siglo XXI será -está siendo, en verdad- protagonizado por la naturaleza y por las mujeres. ¿Cuál es tu consejo para las líderes de la nueva generación?

Fui una privilegiada. No sólo porque me dieron una oportunidad dorada, a los 22 años, para liderar Patagonia, sino porque me crié en una familia en la cual estaba claro que las mujeres podíamos hacer lo que quisiéramos. Con todo, es verdad que existe inequidad y que tenemos que trabajar el doble que los varones, pero el mundo está cambiando gracias a nosotras. Mi consejo es que, para avanzar hacia sus objetivos, no se conduzcan como los hombres: mantengan sus metas sin olvidar valores como la confianza, la generosidad y la amabilidad. And be ready to work like hell! (risas) Al final, los límites están en tu imaginación. Y todo depende de tu esfuerzo para perseguir tus sueños. Se que suena general y naif, pero sinceramente creo que una tiene que ser la mejor versión de sí misma: trabajar más fuerte, ser más creativa, ser más estratégica y no confundir fuerza con dureza. Es importante tener una empresa o un emprendimiento súper exitoso, pero sólo perdurará si está en equilibrio con tus colaboradores, tu comunidad y la naturaleza.

Con todo lo vivido, ¿cómo te definís hoy y de cara al futuro?

Soy la mujer de Douglas Tompkins (se emociona). Empresaria. Y defensora hasta el final del bienestar de la naturaleza y de las comunidades humanas.

Fuente: La Cronista

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