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En Coquimbo: una alternativa al cambio climático

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Hace más de 10 años que los embalses de la Cuarta Región no estaban llenos y que no había tanta nieve acumulada. Si bien cuentan con agua para al menos dos temporadas, los productores aprendieron la lección y apuestan por cítricos, granados, cerezas y arándanos. Incluso los pequeños invierten en tecnificación del riego.

Los cerros en el sector Pan de Azúcar, a unos 10 kilómetros de Coquimbo, están inusualmente verdes. Desde lejos, el verde se interrumpe con manchones amarillos, blancos y naranjos. Son las flores silvestres que poblaron durante la primavera las tierras de la Cuarta Región. Es la respuesta de la naturaleza a un año fértil en precipitaciones, con índices superiores a lo normal en casi toda la región y en algunos casos, como en La Serena, con el doble del volumen normal de agua caída.

Por lo mismo, hay optimismo en la zona. Después de una sequía que duró más de 10 años, por fin la lluvia volvió el año pasado y el actual, y permitió que los ocho embalses de la región volvieran a llenarse. 

Con una capacidad total de más de 1.400 millones de metros cúbicos, actualmente los embalses están llenos a más del 90% de su capacidad. Y se espera que para enero del próximo año dicho porcentaje llegue al 100% gracias a los deshielos tardíos de la cordillera.

“Esto no se veía hace más de 10 años. Incluso la cantidad de nieve es 20% mayor que en un año normal”, cuenta con entusiasmo, Andrés Chiang, seremi de Agricultura de la Cuarta Región. Significa que hay al menos tres temporadas de riego aseguradas, aun si no llueve nada más. “Y hasta cinco si ese extrema la capacidad de uso del agua, que es algo que ha hecho muy bien la Junta de Vigilancia de la Región, quienes han administrado muy bien el prorrateo y van asignando un porcentaje de la acción de riego de cada usuario”, comenta.

Coquimbo respira aliviada después de mucho tiempo. Fueron años en que se secaron embalses, napas, pozos y arroyuelos, dejando a la región sumida en una aridez que redujo la tierra bajo riego destinada al uso agrícola a 60 mil hectáreas. Lejos de las 160 mil que suele tener en su época más floreciente.

Para este año se espera que la cantidad de hectáreas productivas superen levemente las 100 mil hectáreas. Con un clima semiárido, la zona está sólidamente posicionada como productora de frutas y hortalizas. Las primeras destinadas en su mayoría a la exportación, mientras que las hortalizas surten ferias y mercados del país, principalmente de la Región Metropolitana.

Los años de sequía obligaron a los que podían a invertir y aplicar nuevas tecnologías para aprovechar la poca agua disponible; o a dejar de lado producciones que en algún momento eran más que rentables. Hoy, la lección parece haber sido aprendida.

Los agricultores reconocen que el cambio climático puede volver a traer escasez de agua y, por lo mismo, buscan alternativas para que no los vuelva a golpear de la misma forma, incursionando en cultivos que responderían de mejor forma. A ello suman nuevos manejos agronómicos y tecnologías que les permitan regar más con poca agua. Porque saben que lo vivido en la década seca es parte del ciclo climatológico regional, acentuado por el cambio climático. 

ACOSTUMBRADOS AL RIGOR

María Inés Figari, presidenta de la Sociedad Agrícola del Norte, SAN, cuenta que están acostumbrados a tener ciclos de sequía y bonanza hídrica en la región. Es más, señala que la Sociedad Agrícola nació hace 110 años precisamente en un momento de gran sequía. “Y desde 1907 tenemos documentos y registros que demuestran que cada 10 años viene la sequía de nuevo”, señala.

Agrega que ha conversado con varios expertos y académicos, quienes le han dicho que esta región, curiosamente, sería una de las menos afectadas por el cambio climático en cuanto al aumento de la temperatura. “No se va a elevar tanto como en el sur y, además, somos la región con mayor capacidad de embalsar agua”, dice.

Se refiere a que si bien las regiones del Maule y Biobío cuentan con mayor capacidad de almacenamiento con las lagunas del Maule, Colbún y Laja, aquí es donde hay más embalses construidos y su uso ha sido vital.

Coquimbo es una de las regiones donde se han invertido más recursos en regadío en los últimos cuatro años, explica el Seremi. 

En el período 2014-15, en el cénit de la sequía, se destinó el 25% de los recursos nacionales para riego a la Cuarta Región. “El año pasado fue un 20% y en 2017 somos la segunda región con mayor inversión después de la Región del Maule”, cuenta.

Asegura que las obras se realizaron en conjunto con los regantes, que fue una labor público-privada y que la decisión fue aumentar la acumulación de agua y la conducción extrapredial, además del revestimiento de canales. “Es lo que dicen los científicos que hay que hacer para enfrentar el cambio climático: aumentar capacidad de acumulación”, dice Chiang.

El desafío ahora es incrementar la superficie con riego tecnificado. 

Datos del Ministerio de Agricultura y que ratifica la SAN, señalan que la mitad de la región no cuenta con riego tecnificado. Eso significa que en épocas de sequía muchos agricultores quedan a merced de la escasa agua para producir, lo que podría mejorar notoriamente si contaran con sistemas que les permitieran llegar a más superficie con menos agua.

Si bien en los últimos años se han tecnificado unas 2.700 hectáreas en la zona, el uso eficiente del agua sigue siendo prioridad y conseguirlo no significa solo instalar sistemas de riego. Por eso, el Instituto de Investigaciones Agropecuarias, INIA, puso en marcha el Proyecto Capra (Centro de Análisis para la Agricultura de Riego), que busca entregar información sobre las superficies cultivadas, su consumo de agua y necesidades de riego. Para ello trabajan con sensores remotos e imágenes satelitales que les permiten detectar dónde se encuentra el agua y dónde se necesita más.

El proyecto es ejecutado por el Centro Regional de Investigación Intihuasi y cuenta con financiamiento del Gobierno Regional, a través del Fondo de Innovación para la Competitividad (FIC). La zona piloto donde comenzó es la cuenca del río Elqui. En dicha provincia hay más de 18 mil hectáreas regadas, según datos de Odepa, y de ellas un 50% es de riego por goteo.

Mediante este proyecto se espera que se tomen mejores decisiones de riego ya que se “introducen nuevas fuentes de información y niveles de análisis que permiten ampliar los criterios utilizados en la toma de decisiones para la planificación”, se asegura en la descripción del proyecto.

Junto con ello existe una alianza entre la Comisión Nacional de Riego, CNR, e Indap que busca aumentar la superficie tecnificada entre los agricultores más pequeños. Este año se han invertido $1.000 millones en un sistema de bombeo que consiste en accionar bombas con energía solar para sacar agua de pozos. 

Junto con ello se ha expandido el beneficio del sistema de bonos de la CNR en la zona. Este consiste en que un agricultor puede construir su propio estanque y se le reembolsa el dinero. “Ahora se creó un modelo mediante el cual Indap financia la construcción del tranque y luego cobra el dinero a CNR. Es un sistema de fondo rotatorio”, explica Chiang.

El desafío de lo nuevo

Más allá de estos esfuerzos, los agricultores se están acomodando de otras formas a los nuevos tiempos, incorporando nuevos cultivos adaptados a las condiciones climáticas e hídricas de la zona. 

La gran novedad son las cerezas. Si bien este fruto necesita una cierta cantidad de horas de frío para darse bien, se sabe que en la región hay privados experimentando con variedades que requieran menos frío. “Esa tecnología la tiene la empresa privada y ha invertido en tecnología porque el precio es bueno, se vende bien en China y sale antes que los productores del sur”, explica el seremi.

Algo similar e incipiente ocurre con los arándanos en Ovalle. Al igual que las cerezas, el negocio está en los primores.

Otro que viene creciendo es el nogal. Entre 2005 y 2011 la superficie plantada en la zona ha aumentado en 92% y según Chiang sigue en aumento. 

Sin embargo, el gran salto se ha dado en los cítricos. “Aquí es la estrella. Los sabemos trabajar y el mercado es inmenso, es una de las frutas con mayor consumo y en tres años entramos en producción segura”, sostiene María Inés Figari. Y cuenta que cada vez que saca hectáreas de uva, las reemplaza por cítricos. 

Lo que se ha visto es que el limón se de en la parte alta de los valles, mientras que la clementina lo hace en la baja y, dadas las condiciones climáticas, obtiene un muy buen color y sabor para la exportación. Respecto del limón, María Inés Figari dice que tiene buen precio para exportar, pero que es añero y a veces ni siquiera da para cosechar.

Según los datos de Odepa, el 70% de las hectáreas de clementinas del país se concentran en esta región, mientras que en limones corresponde al 18%.

El auge del limón ha dado pie a la inversión, incluida extranjera, como el caso del fondo de capital de riesgo Sembrador, que desarrolló un campo de 300 hectáreas de limones y que fue adquirido por Limoneira, la principal productora de cítricos de EE.UU. en US$ 5,8 millones en 2017.

Otro que ha aparecido con fuerza es el granado. Según estudios de Inia, esta fruta se da muy bien en terrenos con poca agua, ya que tiene alta resistencia. “La granada tiene más vitamina C que los cítricos. Pero el mercado internacional es lento, tenemos muchos competidores”, dice Figari.

Asegura de que por cada seis pallets de uva de mesa, sale solo uno de granada y que por el momento no es tan brillante como se esperaba. Es por ello que habló con un productor y surgió la idea de instalar una planta para hacer jugo.

En 2005 había solo 42 hectáreas de granados plantados en la región. Dicha cifra había ascendido a 387 en 2011 y, si bien aun no hay números, se espera que haya crecido considerablemente en la actualidad.

A pesar de los movimientos productivos, José Corral, de la exportadora de uvas Subsole y director y vicepresidente de la Sociedad Agrícola del Norte se muestra con dudas respecto del recambio de especies, lo que considera una utopía, pues insiste que la clave es mejorar lo que hay. 

“El recambio a especies de menos requerimiento hídrico puede sonar como una solución bastante correcta, pero en realidad, los cultivos de hoy tienen que ser rentables. Lo que se está haciendo es un recambio a variedades o especies que tengan mayor productividad dentro del mismo fruto. La industria de uva de mesa en Chile va atrasada en 10 años respecto del resto del mundo en recambio de variedades más eficientes. Si en las convencionales antiguas yo producía 20 toneladas, ahora debo plantar variedades con un rendimiento de 35 a 40 toneladas, pero con el mismo requerimiento hídrico por hectárea”, sostiene.

Agrega que hay muchos centros de investigación con buenos proyectos e ideas, pero esa no es una solución para la agricultura nacional. “El granado no es rentable, los olivos son frutales de menor requerimiento de agua, pero a la larga es hacerse el leso en solitario porque un olivo bien regado produce más. El desarrollo frutícola debe ir ligado al desarrollo de materiales genéticos diferentes, que sean más productivos”, afirma. Y agrega que la región sí tiene oportunidades interesantes en los cítricos, por lo que ahí se debe poner el foco. 

El tema que sí preocupa, dice, es el de la carga que dejaron los años de sequía. “Más allá de que tenemos los estanques llenos y se aprecia un horizonte de tranquilad, la sequía dejó a los productores con pasivos financieros muy difíciles de solventar y paralelamente la estructura productiva se envejeció y hay que recambiarla. Hoy, el productor se ve enfrentado a dos cosas: no puede seguir cultivando variedades tradicionales y tiene que reestructurar sus pasivos y, a la vez, invertir en nuevas variedades. Ahí está el desafío”.

LA VOZ DE LOS PEQUEÑOS

Los cambios los están viviendo no solo los grandes productores. Los pequeños, que representan al 80% de los agricultores de la región, han pasado por los mismos problemas de escasez hídrica y búsqueda de alternativas productivas para sobrevivir o mejorar la eficiencia. 

En Coquimbo, las flores se dan particularmente bien. El 18% de las hectáreas plantadas en el país están en esta zona.

Helia González y Gabriel Martínez tienen dos mil metros cuadrados donde florecen claveles, liliums y lisiantos bajo nueve invernaderos, todos con riego tecnificado. Es un negocio familiar que ya tiene 28 años y que han construido a base de mucho esfuerzo. 

Cultivan todo el año gracias a la bonanza del clima y dicen que el precio ha estado bueno. “Pero las flores som un negocio frágil, ya que la demanda baja cuando la gente deja de trabajar. Es lo primero que dejan de comprar”, dice Helia.

Comenzaron en el sector La Pampa, pero en el lugar se construyó una población y el agua de la vertiente que ocupaban pasó al alcantarillado de la urbanización. Ahora están en Pan de Azúcar y le venden a feriantes y florerías de Coquimbo y La Serena. 

Ni soñar con exportar porque sus volúmenes son muy escasos, aunque las flores son un negocio que dura todo el año. “Los claveles se demoran seis meses desde que son plantados hasta que se pueden vender y una planta puede ser cultivada todas las semanas y dura hasta tres años”, explica Gabriel Martínez.

Para el riego recurren a un pozo y cuentan que la rentabilidad depende de la especie. El lisianto es el que se vende mejor. Le siguen los liliums, pero hay que cuidarlos porque necesitan bajas temperaturas, idealmente no más de 12 grados en los primeros 100 días de cosecha. Ahí es donde les golpea el cambio climático. 

“El tema de las temperaturas ha sido un desastre”, dice Helia. “Llevamos tres o cuatro años así. En junio, julio y agosto fueron muy altas las máximas y las mínimas. Tenemos un registro de las temperaturas todos los días y se han disparado. El lilium madura más rápido y se adelanta”, comenta.

El problema es que tienen que plantar los bulbos por cajones, se le junta la producción y se ve obligada a vender más barato. “Los bulbos hay que comprarlos todas las semanas, vienen desde Holanda y cada caja son 300, es decir 300 varas y si se junta la cosecha no podemos poner cuatro mil varas en el mercado. No hay tantos clientes”, arremete Helia.

Otro problema es el costo de la mano de obra. Cuentan que la gente no trabaja por menos de $30 mil al día y ellos solo pueden costear $16 mil, pero además la mano de obra escasea. Como son parte de una cooperativa de floricultores han podido tener a migrantes haitianos y, además, a través de la cooperativa compran insumos, como las cintas de riego que solo se venden por rollos de 2.800 metros, y ellos solo necesitan 360 metros.

La escasez de agua es algo que también ha afectado a Beatriz Bascuñán, una microempresaria que llegó a la zona en 2009 y produce mermeladas y salsas de ají. Comenzó con tomates cherry y hortalizas mini, como pimientos y zanahorias, pero no le fue bien. “No había mercado”, dice. Un año se quedaron con sobreproducción de ají y se le ocurrió hacer mermelada. 

Uno de sus problemas fue obtener la resolución sanitaria, que logró 2014, porque no tenía agua potable, sino que de pozo. Cuando la analizaron salió con mucho nitrato y le negaron todo, pese a que estaba lista para entrar en producción. “No sabía qué hacer hasta que vi en la televisión un sistema de osmosis inversa, compré una planta chica y logré sacar la resolución sanitaria”, cuenta. Dice que eso también le abrió la puerta a los pequeños productores de queso de cabra, quienes también riegan con agua de pozo.

Hoy está en etapa de consolidación, le vende a chefs, locales de comida gourmet y en el mercado de la Recova, en La Serena. Incluso ha participado en la Expo Mundo Rural de Indap y obtuvo el sello de calidad Manos Campesinas que entrega dicha entidad. 

También vende menta fresca a restaurantes, bares y supermercados. Y aquí surge una de los temas que complica a los pequeños: los intermediarios. 

Beatriz Bascuñán explica que el productor corre los riesgos porque es el que invierte en la semilla, la producción y si viene una helada se pierde todo, y que los intermediarios quieren pagar poco para vender caro. 

Le pasó una vez con sus tomates cherry. “Uno no puede hacerlo todo. O plantas o vendes. Una vez plantamos pimentones y estaban a $500 en el supermercado. Me vinieron a comprar y querían pagar $80. Les dije que cómo se los iba a vender a ese precio, prefería regalarlo. Y lo hice”, se queja.

Hoy ya no alega tanto contra los intermediarios porque dice que también corren un riesgo. Y venderle directo a un supermercado es difícil porque pagan a 60 o 90 días. 

Este tema también le preocupa a Sandra Salgado. Ella tiene un campo de dos hectáreas y media de frutillas, además de algo de lechugas y brócoli.

Trabaja con su familia, hijos, cuñados y hermanas. Si no, no podría, dice. “Los precios han estado mal. Por ejemplo, la caja de lechuga verde y morada, con 20 unidades, la pagan a mil pesos y en la feria están a $400 cada una. Y a uno que le cuesta tanto cosechar”.

También ha sentido el efecto del cambio climático. Trabaja las frutillas en camellones y con cubierta plástica y en tubos de pvc para tener producción todo el año. Dice que las temperaturas han estado más altas, pero eso la favorece ya que las frutillas salen más rojas y dulces. Las vende a $1.000 el kilo y sabe que en el mercado se venden al doble. Se niega a bajarlas de precio, pese a las presiones de los intermediarios. “Les digo que yo no vendo más barato. Uno está todo el día agachado aquí a todo sol”, dice.

Tiene riego tecnificado hace cinco años y gracias a eso ha logrado sacarle provecho a su campo, ya que antes solo podía cultivar con el agua que llegaba de un canal y durante la sequía era apenas un hilo.

Sandra Salgado comenzó con 20 camellones y hoy tiene 300. Produce más de una tonelada a la semana de frutillas, trabaja desde las 6:00 de la mañana hasta que se pone el sol. “La tierra acá es muy buena y a mí me gusta mucho esto”, dice con una sonrisa que nunca se va. Este ha sido un año bueno, dice. Las lluvias del invierno la ayudaron bastante y su deseo es plantar un poco de arándanos para ver cómo se dan.

El tema de los intermediarios es clave para Javier Plaza, agricultor de hortalizas de más de 80 años, oriundo de Ovalle y quien cultiva repollos, lechugas, coliflores, alcachofas, albahaca, cilantro y perejil en sus ocho hectáreas. 

La tierra es buena y le rinde bien, dice. “No para hacerse rico, pero sí para pasar bien”. 

Produce principalmente coliflores y lechugas. De todos tipos, morada, escarola, costina. Y dice que le pagan $700 por la caja de 20 unidades; es decir, a $35 cada una. Él sabe que después se venden mucho más caras. En las ferias de la zona están a $400 y en los supermercados a $700. Incluso a $1.000.

Pero se resigna. Cuenta que en un campo más arriba que el suyo había otro productor de lechugas que se negó a venderlas a un precio tan bajo. “Y no se las compraron y tuvo que quedarse con toda la producción”.

Mientras cuenta esta historia, un camión es cargado por cuatro hombres que sacan sus coliflores enormes para llevarlas a Talca. Le dijeron que iba a cargar 3 mil y que le iban a pagar $250 por cada uno. No se inquieta en llevar la cuenta.

En general, se ve de buen humor. Está feliz porque llovió y se acabó la sequía. “Fueron como siete años en que tuvimos que hacerle dedo al agua”, recuerda. Hoy riega por goteo y por surco. Dice que la tierra es muy rendidora, pero si no hay agua no saca nada. Usa agua del canal Bellavista, solo cada nueve días. Eso es lo que le corresponde.

Fuente: El Mercurio


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