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Aquí y ahora: hacia una Argentina más competitiva

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Hoy más que nunca es trascendente enfatizar que lograr ser una economía competitiva sigue siendo una de nuestras grandes asignaturas pendientes.

Siendo un hecho comprobable que los países más competitivos son los que logran mayor desarrollo y, en la mayoría de los casos, menor inequidad, sólo un salto significativo en nuestra competitividad permitirá que podamos recorrer una senda sostenible de crecimiento económico.

Estructuralmente, un país es competitivo cuando bajo condiciones de mercado abierto ha creado y mantenido las condiciones para que sus empresas compitan exitosamente en el escenario global y, también, con las importaciones.

Existe una correlación entre la competitividad y productividad. Un país es más productivo que otro cuando, mediante la combinación de factores de capital, trabajo y eficiencia en el uso de esos factores obtiene, por unidad de trabajo, un mayor producto.

ABECEB confecciona periódicamente el ranking de Costo Laboral Unitario Global de Manufacturas (CLU). La medición enfoca a los sectores dedicados a la transformación de materias primas en manufacturas; no toma en cuenta sectores como la agricultura, la minería, el petróleo y gas no industrializado, y la construcción.

El CLU es una medida usada internacionalmente para medir la competitividad entre los países y su utilización permite percibir en forma más simple respecto de los rankings integrales y mundialmente divulgados, la medida de competitividad de un país.

El CLU se obtiene mediante el costo total del trabajo necesario para producir una unidad de producto de manufacturas, ponderado por su productividad.

Nuestro país figuraba en el ranking de 2017, entre 25 países representativos, como el de más alto CLU de Manufacturas y, por lo tanto, el menos competitivo. A hoy, y como consecuencia de la mejora del tipo de cambio real, ha escalado diez posiciones, si bien esta mejora debe ser considerada como temporaria hasta que se establezca una nueva relación entre tipo de cambio y costos salariales. Es previsible pensar que el resultado definitivo posicionará a nuestro país en un escalón superior al de 2017.

Si bien la mejora en términos de costos laborales en Dólares ha sido sustancial en la mejora, aun somos un país caro para nuestro nivel de productividad, y que aun cuando la política económica estabilice la coyuntura, el camino hacia una economía competitiva e integrada al mundo es mucho más largo.

Los problemas estructurales que arrastra Argentina desde hace ya muchos años siguen hoy tan vigentes como cuando el tipo de cambio real estaba atrasado.

Al constituir un país de ingresos medios, no es viable en el sector de manufacturas una estrategia de incremento relevante de la competitividad mediante la reducción significativa de los costos salariales, sino que debe lograrse en consonancia con un incremento significativo de la productividad.

Será crucial avanzar en una modernización de la regulación laboral y atacar la elevadísima informalidad que deja a más de un 30% de los trabajadores en situación de vulnerabilidad. Deberá volverse a poner en el centro de la escena a la inversión en infraestructura, hoy potencialmente relegada por motivos de fuerza mayor. Tampoco debemos olvidar el disponer de insumos energéticos a costos competitivos, tasas de interés y mercado de capitales acordes con un país normal y una estructura impositiva más razonable. Por último, queda por profundizar la política comercial de integración al mundo a fin de que nuestra producción pueda encontrar mayores destinos de exportación.

La estabilidad macroeconómica y la instauración de reglas de juego claras son sólo la base de una agenda integral que no podremos postergar. Un tipo de cambio competitivo y previsible puede ser un buen puente de transición, pero no un atajo hacia una economía basada en la inversión, la productividad y las exportaciones, aspiraciones liminares del actual gobierno y que deberían ser de toda la sociedad.

Fuente: La Cronista

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